Un año sin Lanceta

Hace un año ya que Antonio Lanceta dejó de pasear por las calles de La Isla, La Isla de Camarón en Cádiz, que él tanto disfrutaba. También Triana, la calle Feria y la Alameda de Hércules de Sevilla. Se fue de repente, tan de repente que no fue hasta un mes después que nos enteramos que había iniciado su último viaje. Aquí unos recuerdos que salieron de urgencia y con lágrimas hace un año.


Antoñito Lanceta era un ángel bohemio. Llevaba todo el salero de la bahía de Cádiz en sus bolsillos rotos. Y también la luz de colores vivos y pasteles del cielo sevillano con los que ilustraba sus cuadros. Cuadros de viñetas, de comics, de tebeos, peculiares e inconfundibles. Cuando veías una de sus obras siempre decías “mira Lanceta”. Esas calles peligrosas, a medio camino entre la vida y la muerte, con gánsteres piadosos y mujeres de la vida. Siempre en el filo de la navaja y siempre todos fumando, hasta los gatos.

Sus gatos, sus marineros, sus flamencas, sus gordos y gordas, sus lumis y sus forzudos, vida de arrabal al límite, habitaciones tórridas en noches cerradas, atmósfera de penumbra tamizada por persianas de palillería. En sus tiras de cómics se respira el dramatismo cómico de su deambular por este mundo, de Triana a la Alameda de Hércules o al Bar París del Piojito de La Isla.

Como en sus ilustraciones por encargo; para la apertura del Bar el Pozo Santo, donde el hecho milagroso no fue que el niño caído al pozo saliera vivo sino que saliera seco, con su ropita seca, por intersección de la Virgen. Antoñito lo retrató como los niños de primera comunión. O aquella flamenca guapa que viajaba por el mar de las Antillas para tomar café, que realizó para la compañía de flamenco de Paco Moyano, o su reproducción de la Virgen Macarena, serigrafiada y vendida en el Jueves sevillano. Su vida está indisolublemente unida a Sevilla y Triana, donde vivía. Pero su querencia a la calle Feria y a la Alameda le empujaba irrefrenablemente a deambular de una a otra.

Antoñito Lanceta vivió como soñaba, solo. Por esto Joseph Conrad, al que leía en original, fue uno de sus autores preferido. Aceptó su destino y el sentimiento rápido de la vida. Sin concesiones a nadie, su demonio interior no le dejaba. Como su justa bonhomía que le hizo seguir la senda de los puros. De los flamencos cabales porque él lo fue. Dandi del sur, roquero, flamenco y glam.

Había que verlo delgadito como un pincel hacerse de rogar cuando le pedían un cante. Entonces él, al cabo de un rato, emprincipiaba, camaronero fetén, por aquello de “Ya no me cantes cigarra, ya para tu sonsonete…”. Despertaba la curiosidad y el deseo. Estar cerca de él producía la satisfacción vanidosa de la exclusividad: mira quien tengo a mi lado… Pocos como Lanceta para hablar de cine o de comic o de música o de la vida, de lo mejor que se podía hablar con él era de la vida. Antoñito lo había vivido todo, conocía su destino, sabía a donde iba porque sabía de donde venía. Recordarlo hace emerger una media sonrisa socarrona porque nunca se arrugó de valiente que era.

¡Que te echamos de menos compare!

Antonio Lanceta Mejías
(París 1963 – Sevilla 2019)
bty

¡Seguimos echándote de menos compare!

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